En el asombroso tratado de Juan Huarte de San Juan, Examen de Ingenios para las Ciencias (1575), encontramos una reflexión fascinante sobre un fenómeno histórico y bíblico: el peregrinar del pueblo de Israel por el desierto durante cuarenta años y su alimentación con el maná caído del cielo. Según Huarte, este prolongado viaje y este alimento tan peculiar no solo sostuvieron físicamente al pueblo hebreo, sino que transformaron profundamente sus capacidades mentales, especialmente la inteligencia y la creatividad. ¿Qué ocurrió exactamente? ¿Y qué podemos aprender de ello hoy?
Huarte observa primero que el cautiverio en Egipto, con sus años de sufrimiento y opresión, pudo haber encendido en los israelitas una “cólera requemada” producto de la impotencia, una energía psíquica que él relaciona directamente con el surgimiento de la astucia, la sagacidad y la “solercia” (habilidad mental para resolver problemas). Pero la verdadera alquimia del intelecto, sostiene Huarte, ocurre durante el peregrinaje: cuarenta años de caminar en la aridez del desierto, alimentándose únicamente de un manjar sutil, liviano y celestial: el maná.
El maná, según la descripción bíblica y naturalista, era blanco, delicado como semilla de culantro, con sabor a miel, y de naturaleza cálida y de partes finísimas. Un alimento ligero, casi etéreo, que exigía del cuerpo poca digestión y, por ende, permitía al alma —según la fisiología del Renacimiento— mayor libertad para ocuparse de las funciones superiores del entendimiento. Para Huarte, este régimen dietético favoreció notablemente el desarrollo de las capacidades intelectuales del pueblo judío. En sus propias palabras: “los hebreos se hicieron de ingenio muy agudo” (Posts CAMINANDO POR EL DESIERTO; CAMINAR CON INGENIO, SEGÚN HUARTE)

Pero no fue solo el maná. El medio geográfico también tuvo su papel. Huarte explica que las regiones estériles y áridas, como el desierto donde anduvieron los israelitas, producen hombres más ingeniosos, mientras que las tierras fértiles y abundantes —como Egipto o la tierra prometida— generan cuerpos robustos pero entendimientos más torpes. Esta afirmación, sostenida también por autores antiguos como Galeno o Aristóteles, conecta el entorno físico con las disposiciones mentales, en una especie de epigenética temprana que aún resuena con ciertas teorías contemporáneas.
Y es aquí donde deseo añadir una reflexión personal: si aceptamos que el maná y el entorno contribuyeron a elevar la inteligencia de los judíos en el desierto, también debemos considerar el papel del movimiento, del caminar como experiencia fundante. Caminar durante cuarenta años no es solo trasladarse; es una forma de pensar con el cuerpo. Es ritmo, contemplación, observación del mundo, flujo continuo de ideas al compás de los pasos. Tal vez el verdadero milagro del desierto fue esa confluencia perfecta entre alimento ligero, entorno árido y caminata constante. Un laboratorio natural para la agudeza mental.
Cabe preguntarse entonces: ¿esa elevación del ingenio habría sido posible sin el caminar diario? ¿Podría repetirse hoy algo semejante? ¿Hay una huella epigenética, una memoria heredada, que todavía habita en algunos pueblos con largos pasados de migración, sufrimiento y desplazamiento?
Quizás. No tenemos pruebas definitivas, pero tampoco debemos desdeñar las intuiciones poderosas que cruzan historia, fisiología, espiritualidad y cultura. Lo que sí es seguro es que el acto de caminar sigue siendo, hoy como ayer, un camino hacia una mente más clara, más creativa y más profunda.
CONCLUSIÓN Y RECOMENDACIÓN:
En un mundo cada vez más sedentario, informatizado y alimentado de forma pesada, recordar la dieta espiritual e intelectual del desierto puede ser más que un ejercicio literario. Camina todos los días. Aliméntate con ligereza. Busca espacios de austeridad donde tu mente pueda afilarse y no embotarse. No necesitas cuarenta años en el desierto para elevar tu ingenio. A veces basta con cuarenta minutos diarios al aire libre, sin distracciones, dejándote guiar por tus propios pasos.
Caminar no solo mueve el cuerpo. Mueve el alma. Y —como enseñó Huarte— también puede mover el ingenio. Así que, seamos “solercios” y demostremos esa capacidad y facilidad de realizar nuestras caminatas todos los días, durante 30 minutos.
