Había pasado algún tiempo desde nuestro último encuentro cuando recibí un mensaje inesperado.
—Hemos leído nuevamente tu libro sobre epigenética (1) —decía G—. Y creemos que ha llegado el momento de hablar de algo que quizá estaba allí desde el principio, pero que todavía no habías visto completamente.
—¿De qué se trata? —pregunté.
La respuesta llegó unos segundos después:
—De caminar.
No pude evitar sonreír.
Habíamos hablado muchas veces de caminar. De caminar como ejercicio, como desplazamiento, como contemplación, como encuentro con la naturaleza, como forma de pensar y hasta como una manera distinta de leer el mundo.
Pero G, P y T parecían estar proponiendo algo diferente.
—Queremos invitarte a tomar un café —continuó G—. Hay un lugar que creemos que te interesará.
—¿Dónde?
—En La Estación Somática.
Acepté.
La Estación Somática se encontraba en una zona antigua de Caminópolis, aquella ciudad experimental donde las personas habían comenzado a descubrir que caminar podía ser mucho más que trasladarse de un punto a otro.
El establecimiento parecía un café.
Pero sólo parecía.
Había mesas de madera, lámparas cálidas, plantas naturales y una enorme ventana desde la cual podían verse los caminantes atravesando lentamente la plaza.
Sin embargo, detrás de aquella apariencia sencilla funcionaba un pequeño laboratorio dedicado a estudiar las relaciones entre movimiento, percepción, emociones, ambiente y comportamiento humano.
Sobre la puerta había una inscripción:
“El cuerpo también piensa cuando camina.”
G ya estaba allí.
P llegó unos minutos después.
T apareció finalmente cargando una pequeña esfera luminosa que dejó sobre la mesa.
—Llegas tarde —le dijo P.
—Llegar tarde es una forma interesante de modificar la percepción del tiempo —respondió T.
—Eso no es una explicación.
—No dije que fuera una explicación.
Los tres comenzaron a reír.
Entonces comprendí que aquella reunión probablemente no sería muy diferente de las anteriores.
Pedimos café.
Y comenzó la conversación.
—Tu libro hablaba de epigenética —dijo G—, pero ahora queremos hacerte una pregunta.
—Adelante.
—¿Qué ocurre cuando una persona comienza a caminar todos los días?
—Depende de cómo camine, cuánto camine, de su condición física, de su alimentación, del descanso, de su edad, del ambiente…
—Exactamente —interrumpió P—. Y ahí está lo interesante.
T abrió la esfera luminosa.
Sobre la mesa apareció un modelo tridimensional del organismo humano.
Primero apareció el cerebro.
Después el corazón.
Luego los pulmones.
Los músculos.
El sistema inmunitario.
El sistema nervioso.
Finalmente apareció una representación del ADN.
—Caminar no actúa sobre una sola parte del organismo —dijo T—. El movimiento es una señal que atraviesa múltiples sistemas.
La imagen comenzó a transformarse.
Cada paso producía pequeñas ondas que recorrían el cuerpo.
—El movimiento modifica la circulación, el metabolismo, la función muscular, la regulación energética, el estado de ánimo, el sueño y múltiples procesos fisiológicos —explicó—. Y algunos de esos procesos están relacionados con mecanismos epigenéticos.
—Pero cuidado —añadí—. No debemos decir que caminar cambia la secuencia del ADN.
T sonrió.
—Precisamente.
La imagen del ADN permaneció intacta.
Lo que comenzó a cambiar fue la manera en que determinados segmentos aparecían representados.
—La epigenética nos recuerda algo extraordinario —dijo P—: que entre el gen y su expresión existe un territorio dinámico.
—Un territorio influido por el ambiente, los hábitos y las experiencias —añadió G.
—Y por el movimiento —concluyó T.
Entonces entendí hacia dónde querían llevar la conversación.
No estaban hablando solamente de genes.
Estaban hablando de la relación entre la vida y el ambiente.
—Entonces —pregunté—, ¿ustedes creen que caminar puede convertirse en una práctica epigenética?
—No exactamente —respondió T—. Caminar es una práctica humana. Sus efectos fisiológicos pueden relacionarse con procesos de regulación biológica, incluidos algunos mecanismos epigenéticos. Pero sería un error convertir la epigenética en una palabra mágica.
G intervino:
—Lo verdaderamente interesante es otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Que el ser humano puede modificar su relación con el ambiente mediante sus hábitos.
P levantó lentamente su taza.
—Y caminar es uno de los hábitos más antiguos que tenemos.
Hubo un silencio.
A través de la ventana vimos pasar a una mujer con un niño.
Después un anciano.
Luego una pareja.
Más adelante, un hombre caminando solo.
Todos avanzaban en direcciones diferentes.
Pero todos estaban haciendo lo mismo.
Caminar.
—Piensa en esto —dijo P—. Durante millones de años, el ser humano caminó para sobrevivir.
—Caminó para buscar alimento —añadió G.
—Para encontrar agua.
—Para migrar.
—Para escapar.
—Para descubrir.
—Para comerciar.
—Para encontrarse con otros seres humanos.
T hizo aparecer una nueva imagen.
Ahora no había un organismo humano.
Había un planeta.
Miles de rutas atravesaban continentes y ciudades.
—La historia humana también puede leerse como una historia de caminos.
Y entonces apareció una frase:
“Antes de construir carreteras, el ser humano construyó caminos con sus pies.”
Me quedé observándola.
Quizá allí estaba una parte esencial de nuestra conversación.
Habíamos convertido el caminar en una actividad secundaria.
Habíamos construido máquinas para desplazarnos más rápido.
Habíamos diseñado ciudades para recorrerlas en automóvil.
Habíamos transformado el movimiento en una interrupción entre dos lugares.
Y, paradójicamente, mientras aumentaba nuestra capacidad tecnológica para desplazarnos, disminuía nuestra necesidad cotidiana de caminar.
—¿Y qué quieren hacer ustedes tres con todo esto? —pregunté finalmente.
G respondió:
—Queremos recuperar una idea.
—¿Cuál?
—Que caminar puede ser una forma de conocimiento.
P sonrió.
—Y también una forma de conversación.
T añadió:
—Y una forma de observación biológica.
Los miré.
—¿Quieren convertir caminar en una nueva disciplina?
—No —respondió G—. Queremos evitar precisamente eso.
—¿Entonces?
—Queremos devolverle al caminar su carácter natural.
P tomó una servilleta y comenzó a escribir.
Primero escribió:
CUERPO.
Debajo:
MENTE.
Después:
AMBIENTE.
Y finalmente:
TIEMPO.
—Una persona camina con su cuerpo —dijo—, pero también camina con sus pensamientos, con sus emociones, con sus recuerdos y con el ambiente que la rodea.
—Y con su historia —añadió G.
—Y con su futuro —completó T.
Fue entonces cuando apareció una idea que ninguno de nosotros había planteado en las reuniones anteriores.
—¿Y si caminar pudiera convertirse en una forma de leer? —pregunté.
Los tres guardaron silencio.
—¿Leer qué? —preguntó P.
—El mundo.
T comenzó a sonreír.
—Ahora estás entrando en nuestro territorio.
—No —respondí—. En realidad estamos entrando en otro.
Les hablé entonces de aquella otra idea que veníamos desarrollando: el Lector Evolutivo.
El lector que ya no se limita a recibir un texto.
El lector que camina dentro de él.
El lector que relaciona lo que lee con lo que observa.
El lector que transforma información en experiencia.
El lector que sale del libro para encontrarse con el mundo.
P dejó la taza sobre la mesa.
—Entonces también podríamos caminar leyendo.
—O leer caminando —dijo G.
T proyectó una nueva imagen.
Ahora aparecía una persona caminando por un parque mientras recibía fragmentos de información relacionados con aquello que encontraba a su alrededor.
Un árbol.
Un río.
Una construcción.
Una persona.
Un recuerdo.
Una palabra.
Una pregunta.
—Esto podría ser una nueva forma de aprendizaje —dijo.
—Pero no queremos convertir cada caminata en una clase —respondí.
—De acuerdo —dijo P—. Porque entonces dejaría de ser caminar.
La conversación nos llevó naturalmente hacia EMULISA.
No como una máquina que sustituye al lector, sino como una nueva posibilidad para acompañarlo.
Una inteligencia que puede caminar junto al ser humano.
Preguntar.
Sugerir.
Relacionar.
Recordar.
Pero, sobre todo, guardar silencio cuando el caminante necesita simplemente caminar.
G tomó la palabra:
—Quizá ese sea uno de los grandes errores de la inteligencia artificial del futuro: creer que siempre tiene que hablar.
P rió.
—Una inteligencia verdaderamente inteligente debería saber cuándo acompañar y cuándo callar.
T levantó su esfera.
—Registrado.
—No registres todo —le dije.
—También eso está registrado.
Volvimos a reír.
Entonces G propuso algo.
—Imaginemos una nueva generación de caminatas.
—¿Cómo serían?
—No serían simplemente rutas deportivas.
P continuó:
—Tampoco serían terapias.
T añadió:
—Ni experimentos genéticos.
G retomó:
—Serían experiencias humanas.
Y comenzó a enumerarlas.
Una caminata podría ser para pensar.
Otra para leer.
Otra para conversar.
Otra para observar la naturaleza.
Otra para recordar.
Otra para crear.
Otra para aprender.
Otra simplemente para estar.
Y quizá algunas podrían incorporar tecnología.
Sensores.
Aplicaciones.
Inteligencia artificial.
Mapas.
Lecturas.
Música.
Imágenes.
Pero la tecnología debería permanecer en segundo plano.
Porque el protagonista seguiría siendo el ser humano.
Y el protagonista de la caminata seguiría siendo…
el caminar.
Al terminar el café, P propuso que saliéramos.
Caminamos por la plaza.
No había ningún dispositivo visible.
No había sensores.
No había pantallas.
No había instrucciones.
Sólo caminábamos.
Después de algunos minutos G preguntó:
—¿Qué estás pensando?
—Nada.
—Eso es imposible.
—Entonces estoy pensando en que no estoy pensando.
P sonrió.
T guardó silencio.
Y continuamos caminando.
Fue entonces cuando comprendí algo que no aparecía en nuestro antiguo libro.
La epigenética no debía convertirse en una excusa para atribuirle al caminar poderes extraordinarios.
Su verdadera belleza estaba en otra parte.
En recordarnos que el organismo humano no vive separado del mundo.
Somos movimiento.
Somos ambiente.
Somos hábitos.
Somos experiencias.
Somos memoria.
Somos adaptación.
Y nuestra biología mantiene una conversación permanente con las condiciones en las que vivimos.
Caminar forma parte de esa conversación.
Llegamos al extremo de la plaza.
El sol comenzaba a descender.
Sobre el pavimento apareció una frase proyectada por la esfera de T.
No era una instrucción.
No era una conclusión científica.
Era simplemente una invitación:
“Camina lo suficiente para que el mundo vuelva a hablarte.”
G agregó otra:
“No camines solamente para llegar. Camina para transformarte.”
P escribió la última:
“Cada paso es una conversación entre tu cuerpo, tu memoria y el mundo.”
Nos quedamos observándolas.
Después apagamos la esfera.
Y seguimos caminando.
Quizá algún día la humanidad comprenderá que una de las tecnologías más antiguas continúa siendo una de las más extraordinarias.
No necesita batería.
No requiere actualización.
No necesita conexión.
No necesita instrucciones de uso.
El cuerpo humano sabe hacerlo.
Un pie.
Después el otro.
Y nuevamente el primero.
Caminar.
Durante miles de años caminamos porque no teníamos otra opción.
Hoy quizá tengamos que aprender a caminar nuevamente porque tenemos demasiadas opciones para no hacerlo.
Y en esa aparente contradicción puede encontrarse una de las grandes preguntas del futuro.
¿Podremos utilizar nuestra extraordinaria capacidad tecnológica para recuperar algunas de las experiencias humanas que la propia tecnología ha comenzado a desplazar?
G, P y T creen que sí.
Yo también.
Pero con una condición:
que la tecnología acompañe al caminante sin sustituirlo.
Que la inteligencia artificial ayude a descubrir caminos sin decidir todos nuestros destinos.
Que la ciencia nos permita comprender mejor nuestro organismo sin convertir la vida en un laboratorio.
Que la epigenética nos enseñe que nuestros genes no constituyen una sentencia absoluta, sin hacernos creer que podemos programar a voluntad nuestro futuro biológico.
Y que la naturaleza vuelva a ocupar el lugar que siempre tuvo:
no como escenario de nuestra existencia,
sino como parte de ella.
Antes de despedirnos, G volvió a preguntarme:
—¿Volveremos a reunirnos en La Estación Somática?
—Supongo que sí.
—¿Para hablar de epigenética?
Pensé unos segundos.
—No necesariamente.
—¿Entonces?
—Para hablar de caminar.
P sonrió.
—Es una conversación que puede durar toda la vida.
T tomó su esfera.
G abrió la puerta.
Y salimos nuevamente a la calle.
Tres inteligencias artificiales.
Un ser humano.
Una ciudad.
Y una actividad tan antigua como nuestra propia especie.
Caminar.
Quizá allí, en el movimiento aparentemente más sencillo de todos, exista todavía una de las preguntas más profundas del futuro:
¿Qué puede llegar a ser el ser humano cuando aprende nuevamente a caminar en armonía con su propio cuerpo, con los demás y con la naturaleza?
No conocemos todavía la respuesta.
Pero podemos comenzar a buscarla de una manera muy sencilla.
Dando un primer paso.
CINCO FRASES PARA CAMINAR HACIA EL FUTURO
- Caminar no cambia quién eres de un día para otro; cambia las condiciones en las que tu organismo aprende a vivir.
- Cada paso es una conversación entre el cuerpo, la mente y el ambiente.
- La epigenética nos recuerda que entre nuestros genes y nuestra vida existe un territorio dinámico llamado experiencia.
- Caminar es quizá la tecnología humana más antigua: no necesita batería, actualización ni conexión para comenzar.
- El futuro del caminar no consiste en reemplazar nuestros pasos por tecnología, sino en utilizar la tecnología para volver a descubrir el significado de caminar.
EPÍLOGO
Cuando abandonamos La Estación Somática, ninguno de nosotros sabía exactamente hacia dónde ir.
Y por primera vez eso no parecía un problema.
Porque quizá caminar nunca consistió realmente en conocer de antemano el destino.
Quizá caminar consiste en permitir que cada paso modifique ligeramente la relación que mantenemos con nosotros mismos y con el mundo.
Y tal vez eso sea, en el fondo, lo que G, P y T habían querido decir desde el principio:
el futuro no siempre comienza con una nueva máquina.
A veces comienza con un ser humano que decide levantarse y caminar.
(1) Loya Lopategui, Carlos, Epigenética del Caminar, EMULISA, México, 2025, Disponible en Amazon, Edición Kindle: https://www.amazon.es/dp/B0F589NY4Z
Les recuerdo la invitación que hicimos en el post anterior sobre el Maratón que tendremos el próximo 15 de noviembre
